sábado, 9 de diciembre de 2017

LA DRÔLE DE GUERRE



El 23 de agosto de 1939, dos dictadoras firmaban un acuerdo de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética totalitaria. El “Pacto Ribbentrop-Molotov”, o lo que es lo mismo, el acuerdo “Hitler-Stalin”, garantizaba a ambas carniceras de la época una cierta tregua temporal de una respecto a otra.

Días más tarde, el 1 de septiembre 1939, y sin previa declaración de guerra, las nazis arrasaban Polonia. Dieciséis días después, hacían lo propio las tropas del paraíso del proletariado, también en virtud del ya mencionado pacto.

El 3 de septiembre, ante esa invasión, Francia y Reino Unido -también en consonancia con los acuerdos firmados- le declaraban la guerra a Alemania. Sin embargo, en lugar de reaccionar al instante, dejaron que la “Blitzkrieg” (la guerra relámpago) sembrara de muerte las tierras polacas.

Se abrió entonces un periodo que se extendería hasta el 10 de mayo de 1940 (fecha en la que las nazis invadieron Bélgica y los Países Bajos) donde, si bien técnicamente había una guerra declarada, apenas se produjeron escaramuzas. Las divisiones galas se parapetaron tras la mítica fortificación Ligne Maginot y esperaron. Mientras, gobernantas y ciudadanas aguardaron a que, con una Polonia masacrada, se calmara la sed de conquista de Hitler. Era la época de “la drôle de guerre”, [drôle, en francés, puede significar extraño, curioso e incluso divertido] un tiempo en que había guerra sobre el papel, pero no en las trincheras. Nadie se creía nada. Todo era un farol del tío del bigotito. Aquí no pasaba nada. Sin embargo, la historia demostró, desgraciadamente, que ese periodo fue el preludio de uno de los asesinatos en masa más brutales de la historia.
Y en esas andamos…

A pesar de que todas las alarmas se han cansado de dispararse, de que decenas de miles de cualificadas científicas se han movilizado, y de que hasta la ONU (que no es precisamente una organización revolucionaria) ha advertido que estamos al filo (muy al filo) de una situación irreversible, todas seguimos haciendo caso omiso a que, literalmente, estamos mandando el planeta a la mierda. ¿Le da igual?

De nada parece haber servido el “Llamamiento de las 15000”. Como una sola mujer, 15.000 especialistas firmaron el mes pasado un manifiesto en el que se advertía de la emergencia ecológica por la que estamos atravesando. ¿No va con usted?

Tampoco tiene visos de tener importancia saber que el 80% de los insectos ya han desaparecido, y que casi el mismo porcentaje de aves sólo puedan verse disecadas o en artísticas láminas. ¿Le deja indiferente?

Da la impresión de que no le otorgamos ningún significado al hecho de que las mortales radiaciones de la basura nuclear que almacenamos en cuevas de sal, enterramos o hemos sumergido en los océanos, tardarán miles de años en dejar de ser nocivas para nuestro entorno. ¿Continúa sin importarle?

Tampoco parece que vaya con nosotras el hecho de que millones de toneladas de plástico se viertan al mar todos los años, y evidentemente, que millones de especies marinas mueran por esta causa. Es la consecuencia directa de la codicia y la imbecilidad del ser humano, algo que visto lo visto ni siquiera entra dentro de nuestras mínimas preocupaciones. ¿Esto no va con usted?

De anécdota seguramente se tildará el hecho de que el pasado jueves 6 de diciembre, mientras aquí celebrábamos la Constitución del 78, un centenar de economistas de enorme prestigio hayan firmado una carta en la que se solicita dejar de invertir en energías fósiles cuya combustión es la responsable de las tres cuartas partes de las emisiones de gases invernadero. ¿No se siente concernida?

Obviamente, el calentamiento global es algo tan de peli apocalíptica que ni nos planteamos su veracidad, y si ya hay millones de refugiadas climáticos que huyen de sus tierras por la invasión de las aguas o las implacables sequías, preferimos mirar para otro lado. ¿No le compete hacer nada?
Que las aguas estén contaminadas prácticamente desde su origen, que los casquetes polares se estén fundiendo elevando el nivel del mar o que los periodos de nula lluvia se alternen con terribles inundaciones son temas que, definitivamente, parecen no ser de nuestra incumbencia. ¿Tan inmune se siente?

Evidentemente, le resultará lejano, distante y carente de importancia que en este vitriólico espacio le hablemos de la selva del Amazonas.
Sin embargo, lo que se considera el pulmón del planeta ha perdido, desde 1970, una superficie muy superior a Francia por culpa de los desmedidos intereses de las multinacionales. Y eso sólo en Brasil. Como dato añadido, señalar que en la década de los 90 esa selva absorbía dos mil millones de toneladas de CO2. En la actualidad, sólo puede absorber la mitad. ¿Demasiado lejos para transformarse en una preocupación?

Sí, esto es sin duda una reedición de “la drôle de guerre” en la que todas estamos convencidas de que el apocalipsis ecológico nunca llegará, negando una y otra vez las evidencias de este suicidio colectivo.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero ya va siendo hora de que despierte del letargo en el que nos tienen a todas sumidas.

Es imperativo y vital que tomemos conciencia de que estamos inmersas en una guerra, de que nos están asesinando con absoluta impunidad y, lo que es peor, sin que lo queramos admitir a pesar de las palpables evidencias.
El horror es algo que nunca nos puede ocurrir a nosotras, ¿verdad?. Decía Albert Camus: “cuando estalla una guerra la gente dice ‘esto no puede durar, es demasiado estúpido’ y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre”.


Nuestra drôle de guerre ha estallado. Pero, y a pesar de que se empeña en mirar para otro lado, bueno sería que tuviese muy en cuenta que, en esta contienda, es la Tierra entera la que se va a convertir en un campo de concentración global. Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 2 de diciembre de 2017

CHECKPOINT Ø



Durante decenios Berlín (entonces dividida en 4 zonas: Norteamericana, francesa, británica y rusa) fue sinónimo de barrera, de vergüenza, de intolerancia, de muerte, de dictadura, de separaciones y de dolor. Como se puede comprobar, hay cosas que tienden a  perpetuarse.

La actual capital de Alemania tuvo, atravesando su corazón, una cruel cicatriz cuya historia empezó a fraguarse con los “Acuerdos de Postdam” -1945- entre las potencias aliadas. Terminó de materializarse a mediados de 1961 con la construcción del tristemente famoso “Muro”.

El “Muro de Berlín” fue el origen de “la crisis de los tanques” de ese mismo año que llevó al planeta al borde de una guerra nuclear. El 27 de octubre diez carros de combate del ejército norteamericano,  y otros tantos del lado soviético, estuvieron apuntándose durante muchas horas. El inicio de uno de los momentos más tensos de la guerra fría fue la negación a dejar circular un vehículo del oficial de guardia norteamericano por la zona rusa de Berlín, tal y como recogían los acuerdos antes citados.

El lugar de la tensa confrontación incruenta, que se resolvió finalmente por vía diplomática, tuvo lugar en un lugar emblemático de Berlín, una ubicación neutra desde la que se podía bascular hacia un sitio, u otro: el “Checkpoint Charlie”. Ese control fronterizo, fue escenario de muchas tensiones y de no menos dramáticas escenas protagonizadas por quienes huían de una inmensa cárcel llamada el “paraíso de los trabajadores”. Más de doscientas personas perdieron la vida intentando cruzar este límite fronterizo…algo que tampoco le resultará nada nuevo.

El caso es que el “Checkpoint Charlie” seguía inmutable, como punto el cero de la báscula. Era el punto de referencia desde el que todo podía cambiar, para bien o para mal. Y ahora, en pleno siglo XXI, en esas mismas nos vemos.

En el ojo del huracán de una crisis prefabricada a medida de las de siempre que está barriendo todos los valores, menos los que encarnan los Ibex 35, nos encontramos en el mismo lugar que ese puesto de control ubicado entre dos mundos en el Berlín de la guerra fría.

Queramos admitirlo, o no, estamos instaladas en una particular tierra de nadie. En este punto, sólo hay dos salidas. La primera abre sus puertas a quienes, descerebradamente, siguen creyendo en el mensaje de ese mesías político, portador de Luz, al que hay que seguir incondicionalmente. No hace falta ser una científica para entender que eso nos llevaría, tal un manso rebaño, camino del matadero y de la paz eterna. Una vez más, lo de siempre.  

La segunda opción se encuentra en las antípodas de lo políticamente establecido, de los esclavizadores dogmas y del servil inmovilismo. De adoptarse esta vía, deberá tener claro que habrá de enfrentarse a una ola de involucionismo social que está llegando a cotas nunca conocidas, salvo en la edad media. ¿Exageración? Que se lo digan a ese parado que, en la Alemania del milagro económico neoliberal, ha visto como le han retirado la mitad de su prestación porque se encontraba mendigando en la puerta de un supermercado. A partir de ahora, se le considerará como un “trabajador independiente”. Sinceramente, no tengo palabras.

También le tocará oponerse a la destrucción del planeta que se está llevando a cabo de formas concienzuda. Este suicidio colectivo, a mayor gloria de los beneficios a ultranza, se está llevando a cabo de forma sistemática sin apenas oposición.

La lista de atropellos es tan grande que resulta imposible recopilarlos vitriólicamente aquí, pero quizás la mayor de las amenazas sea el adoctrinamiento constante al que estamos sometidas. Nos hacen creer, con notable éxito, que cualquier tipo de oposición frente a esta avalancha de destrucción masiva no sólo es inútil, sino que es del todo inviable.

Nos hallamos pues en un “Checkpoint Ø” en el que ciudadanas, aunque presa del síndrome de la inacción, aún tenemos la capacidad de elegir nuestro destino. El riesgo de estas situaciones de indefinición es que casi siempre que nos acabamos inclinando por quien emplea palabras gruesas, banderas grandes, mentiras populistas y holocausto seguro. Así lo refleja la historia.

Como siempre, usted sabrá lo que más le conviene, pero más vale que, en este puesto de control en el que nos encontramos, sepa elegir la dirección correcta. Es el momento de realizar que nos estamos jugando mucho más que un mero cambio de cromos en los parlamentos o unos simples cambios de rumbo en el ámbito macroeconómico. En estos momentos estamos hablando de supervivencia pura y dura de la Humanidad. Así de dramático.

Claro que siempre se puede optar por no hacer nada y dejar que las cosas sucedan como hasta ahora, fingiendo que esto no le concierne y aguardando que le vendan al peso, como está sucediendo ahora mismo en Libia con absoluta impunidad arropada en una indecente indiferencia.

Sin embargo, en este “Checkpoint Ø” en el que nos vemos instaladas, y a diferencia de aquel octubre de 1961, los carros de combate ya no se están apuntando entre ellos. Ahora, el objetivo es usted.
Nada más que añadir, Señoría.


viernes, 24 de noviembre de 2017

LA INVISIBILIDAD DEL HORROR



Curiosa es la tendencia que tenemos los seres humanos de provocarnos un atroz miedo de ficción. Esa manía de buscar sensaciones fuertes –a veces, rayando en lo desagradable- se ancla en el suspense, en los efectos especiales y en las angustias que sufren las protagonistas. Buscamos pasarlo mal, aunque seamos perfectamente conocedoras de que, por muchas taquicardias y sobresaltos que padezcamos con esas truculentas historias, al final sangre, crímenes o bichos imposibles son sofisticados frutos de la imaginación. Aquí, sólo es imaginación.

Después, cuando se enciende la luz de la platea o se pasa la última página, la monótona calidez de la normalidad nos envuelve de nuevo tranquilizándonos. Todo fue trampa y cartón. El padecido pavor sólo pertenece ya al mundo del celuloide y del papel biblia. No hay nada que temer. Todo ha sido mentira. Todo va bien. Puede seguir durmiendo.

Pero, a poco que tuviésemos el arrojo de despertarnos y mirar por encima de las cercas del Ministerio de la Verdad, nos daríamos cuenta de que la implacable y dolorosa realidad supera con creces a cualquier película o novela.

Podríamos ver como el comercio de personas se ha transformado en uno de los negocios más lucrativos del planeta, muy por encima del de la droga… tráfico de armas aparte, obviamente.

Nos rendiríamos a la evidencia de que, a pocas horas de avión de aquí, se están subastando seres humanos en mercados de esclavas que creíamos de épocas afortunadamente pasadas. Estas mujeres y hombres -que se compran al peso- son quienes han sido abandonadas en tierras libias (entre otros lugares) por las traficantes antes mencionadas.

Caeramos﷽﷽﷽﷽﷽﷽uere ni desapeecej la ONU que afirman que una de tres muejres eso de que "a ficci peste no muere ni desapeecejíamos en la cuenta de que, hablando de un tema similar, la ONG australiana Walk Free Foundation ha denunciado que, en 2016, 45,8 millones de personas fueron las víctimas de alguna forma de esclavitud amarradas a una infernal cadena de montaje. Muchas de nuestras zapatillas, juguetes, camisetas o teléfonos móviles del Black Friday pasaron por sus pequeñas manos. 

Veríamos con otros ojos los datos de la ONU que afirman que una de cada tres mujeres es víctima de violencia en algún momento de su vida, y seguramente entenderíamos que “Feminismo” debe traducirse como “Igualdad”, por pura necesidad humanitaria.

Ya no sería una sorpresa para nadie saber que cada año se pierde en bosques, por minuto, el equivalente a 36 campos de fútbol.
No nos extrañaría rendirnos a la evidencia de que la energía nuclear no sólo es cara, sino que deja tras de sí miles de toneladas de desechos nucleares que tardarán miles de años en dejar de ser letales para nosotras y para todo el ecosistema.

Por si fuera poco, nos daríamos cuenta de que sólo la codicia de un sistema abocado a la autodestrucción es el que propicia que se pongan todas las trabas a la energía solar, barata y 100% limpia.

De pronto seríamos conscientes de que cada día mueren centenares de personas en atentados terroristas en países olvidados, sin más sentido que el posicionamiento geoestratégico de las poderosas en el ajedrez internacional. Quizás en ese momento nos diésemos cuenta de que, en realidad, estos asesinatos sólo se cometen por oscuras ansias de poder. Por nada más.

Se haría la luz en nuestra mente y llegaríamos a la conclusión de que la corrupción no se esconde debajo de los colchones de las sinvergüenzas desalmadas, sino en elegantes y legalísimos bancos ubicados en los llamados paraísos fiscales. Muchos de ellos en Luxemburgo, en pleno corazón de la Unión, sin que nadie haga nada para remediarlo. Seguro que entonces veríamos que ese tema sí va con nosotras, y no como ahora que ni siquiera lo percibimos como problema.

Evidentes serían los datos de la FAO (organización de Naciones Unidas para la alimentación) que afirman que 815 millones de personas, es decir, un 11% de la población mundial (datos 2016) se muere de hambre. Así, en estos momentos la población de España multiplicada por 17,34, es el total de seres humanos que revientan por no poder comer. Quizás entonces le pareciesen cifras de extrema vergüenza e indignidad.

El suma y sigue es interminable. Sin embargo, vista la reacción que todas solemos tener ante una mínima muestra de miseria, todo parece estar muy camuflado en el abisal de nuestras malas conciencias. Nada que ver. Nada que decir. Nada que hacer.

Puede que, arropadas por lo que vomitan los boletines oficiales de turno, pensemos eso de “ande yo caliente…” es la solución. El problema reside en que los versos de Góngora no se pueden aplicar aquí porque vivimos todas en un estado de implacable hipotermia que nos gangrena el cerebro, o lo que nos queda de él. El hecho de que el horror sea absolutamente invisible para nuestras domadas miradas es una lamentable prueba de ello.

Como siempre, usted sabrá lo que más le conviene, pero frente a estas brutales y sistemáticas tropelías, quizás sea el momento de abrir los ojos, única forma de empezar a despertar el librepensamiento y el espíritu crítico que deberían constituir nuestra eterna bandera, si es que tenemos la voluntad de seguir apellidándonos “humanas”.

Si continuamos ignorando los reiterados atropellos cometidos o las lágrimas y desesperaciones de las más vulnerables, recuerde que seguramente, en muy poco tiempo, nosotras seremos las invisibles, y para entonces todo será ya demasiado tarde. Ya lo dijo el Premio Nobel Albert Camus “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”. Nada más que añadir, Señoría.


sábado, 18 de noviembre de 2017

INVIERNO



Se acerca esa época en la que el glacial viento asola el ya de por sí yermo suelo de las estepas siberianas, no dejando que nada (o casi nada) sobreviva y exterminando toda posibilidad de supervivencia. Omnipresente, la ventisca se confunde con el helado silbido de la guadaña, segando de raíz cualquier atisbo de vida.
Se inicia la larga estación invernal.

Desgraciadamente, no sólo se trata de una circunstancia estacional que, allá por marzo, deberá abandonarse a la luz.

Lejos de lo dictado por la naturaleza, este invierno sociológico ha logrado traspasar todas las capas que creíamos tener de seguridad, forjadas, una a una, a base de años de sufrimiento.

Lamentablemente, estamos entrando en una etapa en la que se justifican con burdos, imbéciles y violentos argumentos, las violaciones y, por ende, la condición de Mujer como ser humano. Y no pasa nada.

Es ese mismo frío que parece paralizar las neuronas, el que jalea a quienes quieren devolver a las inmigrantes a sus países de origen, como si comer y vivir “normalmente” sólo fuese privilegio para unas pocas.

El hielo antisocial está adentrándose inexorablemente en todos los resquicios de nuestra sociedad y no sólo paraliza cualquier atisbo de avance, sino que además congela cualquier posibilidad de consolidar lo que -aún y a duras penas- conservamos. Es tal la capacidad de penetración de estos huracanes cargados de hielo que ya nos conformamos con encontrar una roída manta para protegernos. Por ello, aceptamos, mientras la nieve se acumula en nuestros pies, que las ricas no paguen impuestos y se lleven el dinero a espuertas a los llamados paraísos fiscales, al tiempo que aplaudimos a rabiar el enjuiciamiento de quienes, por cometer el delito de malmorir en una situación de vulnerabilidad, reciben una ayuda de muy pocos cientos de euros para subsistir. Reprobamos a las nuevas leprosas del siglo XXI, sin caer en la cuenta de que, lo reconozcamos o no, ellas somos nosotras.

Vivimos tiempos de crueles heladas en las que los reiterados pasos atrás en las conquistas representan un verdadero abandono condicionado, domado y dirigido.

Es ese invierno el que nos invade por los espacios de telebasura, haciéndonos babear literalmente con concursos en idílicos paraísos imposibles, con mansiones interminables o vehículos cuyos precios superan en decenas de veces lo que duramente ganamos durante un año. Esa misma congelación de nuestro espíritu crítico impide no sólo que no nos rebelemos contra estas cadenas sino que, penosamente, reclamemos con ansia los remaches que van a seguir clavándonos en las gruesas y húmedas paredes de las invisibles mazmorras que nos rodean. Y es que, como bien dijo Albert Camus “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”.

Esta controlada y brutal regresión abarca, en primer lugar, al sistema educativo que, lejos de enseñar a caminar, adoctrina para que jamás se pongan en tela de juicio los dogmas y los prejuicios de un modelo de sistema que tiene en la explotación del ser humano el paradigma de su razón de ser. Aprender a cuestionar este tipo de conductas conllevaría formar a ciudadanas pensantes, y no a masas amorfas fácilmente domesticables a las que el desconocimiento y el miedo llevan por esos caminos que siempre conducen a la Roma de turno.

Pero quizás usted, que siempre sabe lo que más le conviene, crea que este invierno que nos ahoga es sólo fruto de catastrofistas imaginaciones y de alarmistas concepciones de presente/futuro que anidan únicamente en las novelas de Orwell.

Es probable que esté convencida de que los terribles tiempos pasados se quedaron para siempre en los libros de historia. Seguro que piensa que, de ahora en adelante, sólo le quedan por vivir eternas épocas cargadas de esperanza, por lo que, evidentemente, rebelarse contra esta invisible dictadura es tan pueril como inútil.

Yo, desde este Vitriólico y humilde espacio, no quisiera aguarle la fiesta evidenciando la puta y cruda realidad, pero lo quiera ver o no, el invierno ha vuelto a salir de la caja de Pandora para, una vez más, terminar con posibles primaveras.

Llegadas a este punto, quizás sea bueno recordar a Albert Camus, que terminaba así su famosa novela “La peste”:
“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux [el protagonista de la novela “La peste”]  tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Y, precisamente, en esas estamos.


Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 11 de noviembre de 2017

DIEZ NEGRITAS


Obnubiladas por el debate en torno a si son galgos o podencos, con un telón de fondo formado por rancios nacionalismos identitarios (redundancia, lo sé), asistimos a una verdadera exterminación programada de todo lo público, sin que ello parezca importarnos lo más mínimo. Es esa misma indiferencia la que marca nuestra actitud cuando comprobamos, día tras día y autos judiciales tras autos judiciales, como la corrupción política está minando todo nuestro sistema democrático enriqueciendo vilmente, cómo no, a las de siempre.

Como borregas en el matadero, preferimos ignorar la realidad pensando que, mucho antes que nuestro sacrificio, vendrá el de la vecina. Enorme consuelo, como se puede comprobar.

Pero resulta curioso cómo esta situación que padecemos con absoluta resignación, es similar a la que viven las protagonistas de un famoso relato.

Con una auténtica canción infantil como hilo conductor, la autora de novelas policiacas por excelencia logró transformar ”Diez negritos” en una obra icónica de la literatura de intriga, con más 100 millones de ejemplares vendidos hasta la fecha.

Agatha Christie, con su Remington de negras teclas y golpes secos, fue probablemente la asesina de ficción más prolífica de la historia. Obviamente, también fue la escritora que más misterios ha logrado desvelar, manteniendo en vilo al lector hasta la última página. Lástima de Premio Nobel nunca otorgado.

Como todas saben, “Diez Negritos” narra la historia de diez personas que desaparecen al filo de los capítulos, cada una por una causa diferente -hasta no quedar ninguna- y sin que nadie haga nada más que conformarse con que al menos aún respira mientras contempla el cadáver de la otra. Algo parecido está ocurriendo por estas latitudes en que los despiadados ataques de las velocirraptoras neoliberales, piratas con corbatas y estilográficas de oro, no están dejando derechos con cabeza, con la aquiescencia de todas nosotras. El “eso es cosa de otras” a modo de orejeras funciona a las mil maravillas.

Arrancándonos a dentelladas un modelo de res pública que aspiraba a una sociedad más igualitaria, estas depredadoras sin escrúpulos están eliminando cualquier atisbo de poder recuperar algo de lo que nos están robando con absoluta impunidad.

Como en la historia de la escritora de Torquay, aquí los asesinatos sociales son implacables, aunque efectivamente parezca que quizás no vaya con usted.

Es probable que no le concierna que estén desmantelando una sanidad pública de calidad para engordar indecentemente las cuentas de resultados de unas empresas sanitarias que se multiplican como las setas mientras las listas de espera en las consultas externas o en los quirófanos crecen escandalosamente.

Seguramente no le afecte que se esté potenciando, financiando y auspiciando una educación privada cara y de élite, dejando a la deriva, sin medios y con muchas trabas, lo que hasta hace poco conocíamos como educación pública.

Posiblemente no vaya con usted el hecho de que exista un déficit brutal de miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad porque quizás prefiera que se apueste por la seguridad privada en la que quien pague estará protegida.

A lo mejor el tema de la privatización de los servicios de transporte (tren, sin ir más lejos) no le parezca importante porque le resulta irrelevante el hecho de que manos privadas que sólo buscan beneficios, gestionen nuestra red de comunicaciones. El lamentable ejemplo británico habla por sí solo.

Es de pensar que los temas relacionados con la defensa no le quitan el sueño, como tampoco lo hará el hecho de que compañías privadas (Blackwater en Afganistán, por ejemplo) sean las que, en la actualidad, gestionen las guerras y toda su infraestructura.

Lógicamente, el hecho de que se legisle según los intereses de los diferentes lobbys es una circunstancia que a usted, ni fu ni fa, y ello a pesar de que leyes que deberían ser concebidas para proteger a las ciudadanas se transforman, sin embargo, en un escudo para multinacionales sin escrúpulos.

Evidente resulta también lo poco que le preocupa el asuntillo de las pensiones, sobre todo teniendo en cuenta que existen planes privados que engordan salvajemente los beneficios de las entidades bancarias.

Estas son sólo algunas de “las negritas” que están siendo ejecutadas sin ningún miramiento por quienes tienen mando de verdad… Y si a alguien le perjudica, pues mala suerte.
Agatha Christie iniciaba su novela con la primera estrofa de la cancioncilla: “Diez negritos se fueron a cenar, uno se asfixió y quedaron nueve”. Más similitud con la actualidad, imposible.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero quizás deba plantearse que ya ha llegado la hora de la rebelión contra este asalto sin piedad perpetuado por quienes no van a dudar en terminar cobrándonos por respirar. Total, ya lo hacen con el sol y usted no ha protestado.

Decididamente, no hay nada más miserable que tener bendecir las balas del pelotón de fusilamiento mientras se espera la descarga.


Sin embargo, si cree de verdad que todo esto no le afecta en absoluto, recuerde cómo terminaba la novela policiaca: “un negrito quedó sólo… y se ahorcó, y no quedó ninguno”. Una vez más, la ficción se ve superada por una realidad rebosante de adoctrinamiento, en la que tanto cuerda como cadalso ya tienen propietaria. Lamentable.