viernes, 18 de mayo de 2018

THE BIG ONE



La sensación es aterradora. Todo se mueve bajo sus pies, todo se derrumba y usted ya solo es una triste muñeca de trapo en manos de la enfurecida naturaleza. Estas son las sensaciones que se sienten cuando se sufre un terremoto en primera persona. Eso, y el terror.

Del latín terraemotus(terra/tierra y motus/movimiento), un terremoto es generalmente la consecuencia de la liberación de la colosal energía contenida por la fricción de las placas tectónicas, o por la actividad de las fallas geológicas, entre otras causas (el fracking o las detonaciones nucleares subterráneas son también las causantes de estos desastres).

Estas actividades sísmicas son medibles, y si bien los medios y el gran público usamos indebidamente la escala sismológica Richter –también llamada de Magnitud Local (ML)- para todo, lo cierto es que cada vez que superan una magnitud de 6.9, los terremotos se miden (desde 1978) con la escala sismológica de magnitud del momento, ya que según todas las expertas, es una escala que discrimina mejor en los valores altos. 

Es tan brutal la cantidad de energía liberada que las comparaciones son monstruosas. Un ejemplo: en septiembre de 2017 se produjo en la costa del Pacífico, frente a Méjico, un terremoto brutal cuya magnitud se cifró en 8,2. Para hacernos una idea, el de Haití en el año 2010 –ese que aún sangra en algunos corazones- alcanzó una magnitud de 7,0.

Ese “8,2” liberado por el movimiento de las placas tectónicas, que limitan con la costa occidental de Centroamérica y la del Pacífico y del Caribe, supuso una energía equivalente a la explosión de TREINTA Y DOS MIL bombas atómicas como la lanzada sobre Hiroshima o CUATROCIENTOS DIECISÉIS MILLONES de toneladas de TNT. Brutal.

Los terremotos ocurren como todos los grandes cambios en la vida, por una acumulación de tensiones. Las especialistas lo llaman el final de un ciclo sísmico. La deformación en el interior de la tierra va provocando un movimiento de curvatura que acumula una energía impresionante y que se libera de una vez.

Las sismólogas afirman que prevenir un seísmo es muy complicado, ya que si hay algo que caracteriza a un terremoto es precisamente su espontaneidad. No obstante, y aunque no tengan una fiabilidad del 100%, existen tres formas para intentar intuir un seísmo. La primera es llamada la “distribución de Poisson”, una fórmula matemática que calcula la probabilidad en base a determinados parámetros, como tiempo o magnitud de terremotos pasados. La segunda es el “Sistema SCIGN”, que monitorea el movimiento de las plazas tectónicas utilizando los satélites GPS. Este sistema, totalmente abierto, puede ser consultado por cualquiera que posea un GPS. El terrible problema reside en que esos datos pueden variar en pocos segundos, con lo que la posibilidad de aviso a la población es escasa.
Y la tercera es, obviamente, el constante estudio de las fallas. 

La falla más minuciosamente estudiada y controlada es la archiconocida “Falla de San Andrés”, en la estadounidense California. Es la más alta del mundo y las sismólogas ya afirman que el próximo terremoto en esa zona será el “big one”, el más grande, y todas creen que está próximo a producirse. Cuando ocurra, el suelo se retorcerá sobre sí mismo y nada ni nadie podrá quedar en pie. Será lo más parecido al tiempo de las cavernas. Será la desolación. Será el “Big One”. Y en esas estamos.

Nuestro sistema democrático está acumulando una infinidad de tensiones que están produciendo, inevitablemente, un “retorcimiento” de una sociedad que parece estar llegando a su límite de capacidad de aguante. Las “sismólogas sociales” no se cansan de verlo y advertirlo. Y nosotras, como las vacas que ven pasar el tren.

La particular “distribución de Poisson” que llevan a cabo estas observadoras sociales demuestra que la explosión será irremediable cuando nos cansemos de los privilegios de las poderosas, de la corrupción de las políticas (no todas, lo reitero), de la esclavitud encubierta de la inmensa mayoría de las trabajadoras y de los abusos de poder.

Afirman que la inexorable e incontrolada liberación de energía se producirá cuando caigamos en la cuenta de que la educación pública que reciben nuestras hijas es de subsistencia, además de encasillarlas desde muy pequeñas en moldes prefabricados. Es esa misma educación la que las encamina a ser carne de cañón en mayor o menor grado y que, inexorablemente, las diferencia de quienes sí han tenido medios económicos para estudiar. Como la vida misma.

Pero, si son tajantes con el diagnóstico de la situación, no lo son menos con lo que está por venir. Aseguran que la deflagración final no irá encaminada hacia  un “más democracia” sucesor de las luces de la Revolución Francesa, sino todo lo contrario. Sostienen que si no forzamos un radical cambio de actitud, caminamos directa e irremediablemente hacia una forma de gobierno basada en la ley del ordeno y mando y del garrote vil. La doma a la que estamos sometidas es tan brutal y sofisticada que cuando reventemos –junticas, como siempre van las ovejas hacia el matadero- nosotras solitas pediremos a voz en grito que reine el orden y la autoridad, como si las dictaduras fuesen la solución, como si la Libertad fuese el problema. Como siempre, lo más lamentable es que nosotras mismas pediremos las cadenas para esclavizarnos al banco de la galera. Históricamente clásico.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero si continúa sin hacer nada, sin ni siquiera intentar oponerse a tanta barbaridad, no se queje si mañana no le permiten ni protestar por el retraso del autobús. Tampoco se queje si, llegado ese momento, sus vecinas -que serán “personas de orden”- aprueban mansamente que no tengamos libertad de expresión, sindicatos, votaciones, posibilidad de asociación y, sobre todo, ningún librepensamiento. El abc de todas las dictadoras. 

Eso sí, siempre la autorizarán a insultar a las árbitras. Faltaría plus. 

En California esperan tensamente el “Big One” sin posibilidad de preverlo con tiempo, inevitable consecuencia de una naturaleza carente de códigos humanos que cíclicamente revienta para volver a su particular normalidad. Aquí, las que supuestamente pensamos, ni siquiera somos capaces de darnos cuenta de que, gradualmente, el cielo se está juntando con la tierra para acabar aplastándonos a todas. En fin, como dijo Camus “la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas”. Ya lo sabe, será todo esto...y el terror.

Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 12 de mayo de 2018

AHORA




Hay algunas frases encadenadas que poseen la mágica capacidad de dejarnos una huella indeleble, al tiempo que tienen el poder de fijar una época con una música y varias estrofas.
Ejemplos, no faltan.

En 1963, el tema “Blowin’ in the wind" (la respuesta está en el viento) del mítico Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan, fue la canción de referencia para la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos. Tal es así que la cantante afroamericana Mavis Staples, muy próxima al francmasón Martin Luther King, llegó a afirmar que no podía entender cómo un hombre blanco había logrado capturar tan genuinamente las frustraciones y los anhelos de las negras estadounidenses en una sola canción. Fraternidad.

A miles de kilómetros de allí, y varios años más tarde, entre cargas policiales, adoquines y barricadas, el cantautor Léo Ferré componía lo que se transformaría en el tema de referencia del Mayo del 68 francés, que ahora cumple 50 años. “Les anarchistes” (los anarquistas) fue un grito que sacudió a una sociedad, la francesa, que vivía una profunda transformación en la que las libertarias tuvieron una importancia crucial. El periodista y crítico musical Boris Ryczek, afirmó que con ese tema “Ferré hizo desfilar entre notas musicales a todas las Emma Goldman, todos los mártires de Chicago  y todos los Sacco y Vanzetti de la historia y a todas las asesinadas por fascistas o estalinistas". Brutal.

Cien años antes (1866), Jean-Baptiste Clément le lanzaba a la historia “Le temps des cerises” (el tiempo de las cerezas) en homenaje a las asesinadas por el gobierno francés en lo que se llamó la Semana Sangrienta tras la Comuna de París. Este hecho, que se conmemora todos los primeros de mayo en el parisino cementerio del Père Lachaise y en el que se canta esta canción, es un acto de afirmación de libertad en estado puro. Le temps des cerises, todo un himno  a la Libertad, es más que conocido en Francia y fuera de los límites del hexágono. Desde la desaparecida Mari-Trini, o Yves Montand pasando por Nana Mouskouri, Aznavour, Noir Désir, Serge Utgé-Royo, Joan Baez, Charles Trenet y hasta Maxime Le Forestier (por citar solo algunos nombres) han versionado este tema recordando a las muchas Louise Michel y a la Comuna de París. Descomunal.

En 1965, el que fuera autor de “Soldadito boliviano”, escribió un texto sublime al que le puso música el grupo chileno Quilapayun, entonces integrado por el posteriormente asesinado Víctor Jara. Más tarde, los españoles Víctor Manuel y Ana Belén hicieron lo propio transformando “La Muralla” en un clamor de fraternidad. El poema del cubano Nicolás Guillén sigue siendo todo un hito tanto en Chile como en nuestro país. Llegó a ser una de las canciones faro de la transición y al paso que vamos, no pasará de moda. Tremendo.

Por su parte, otro genio estadounidense estrenaba en 1967 un tema cargado de fuerza, de emotividad y de vida que perdurará por siempre. “What a wonderful world” pretendía ser un antídoto frente al odio racial que se vivía en la América profunda, y en la no tan profunda, en la que ser negra significaba ser ciudadana de segunda. Hay cosas que parecen no cambiar. El escalofrío al escuchar la rota voz del trompetista negro también persiste. Afortunadamente.

Obviamente, la lista sería interminable. Desde el “Libertad sin ira” de Jarcha que dio el pistoletazo de salida para recobrar la democracia en nuestro país, hasta el “Para la Libertad” de Serrat que sigue más que vigente, todas han tenido un papel crucial en procesos transformadores que cada cual ha interiorizado a su manera.

Y después hay canciones de amor y desgarro que, sin quererlo, acaban siendo todo un punto de partida. “Ahora” de Joaquín Sabina, es buena prueba de ello cuando clama que: “Ahora que nada es urgente / que todo es presente / que hay pan para hoy / Ahora que no te pido lo que me das / Ahora que no me mido con los demás / Ahora que todos los cuentos parecen el cuento de nunca empezar…”.
Y en esas estamos.

Ahora que sabe, de sobra, que millones de seres humanos se mueren de hambre en el mundo mientras aquí tiramos la comida por toneladas.

Ahora que es conocedora de que su ropa ha sido elaborada en talleres infectos por niñas de ocho años en países asiáticos.

Ahora que ha leído que con una mínima parte del gasto militar se podrían solucionar las grandes plagas de este mundo.

Ahora que ya sabe que hay mujeres que son vendidas y compradas como una mercancía cualquiera.

Ahora que comprueba cómo la educación pública que debe enseñar a sus hijas está bajo mínimos, y va a peor.

Ahora que se ha dado cuenta de que en el capitalismo salvaje solo existe la ley del embudo.

Ahora que ve cómo las jubiladas son humilladas al negárseles una pensión digna a pesar de años duramente trabajados y cotizados.

Ahora que se tropieza con la pobreza a pie de calle y ya no le extraña.

Ahora que la creciente desigualdad se palpa a diario sin que nadie se atreva a alzar la voz.

Ahora que la corrupción de las políticas (todas no, lo reitero) está corroyendo los cimientos de la democracia empujándonos de nuevo hacia la dictadura.

Ahora que el librepensamiento es brutalmente necesario y, obviamente, cada vez más molesto.

Ahora que el planeta se ahoga bajo los efectos de la codicia y de toneladas de basura.

Ahora que existen arsenales nucleares para destruir cientos de veces el planeta.

Ahora que nuestra sanidad pública está siendo desmembrada con total impunidad mientras las salas de espera se parecen a aparcamientos para enfermas. 

Ahora que se sigue más a los dogmas de fe que a la razón.
Ahora que Albert Camus es más necesario pero menos leído que nunca. 

Ahora que el antisemitismo emerge con fuerza en la más absoluta indiferencia.

Ahora que mueren decenas de miles de seres humanos intentando llegar a un mundo mejor sin que a nadie le importe.

Ahora que a diario miles de criaturas mueren aplastadas bajo los bombardeos.

Ahora que el huevo de la serpiente crece con fuerza ante nuestra suicida pasividad.

Ahora que a pesar de nuestros presuntos conocimientos seguimos separando a nuestras congéneres por color y creencia.

Ahora que sabe todo esto, y más, ¿piensa hacer algo al respecto? 

Usted, como siempre sabrá lo que más le conviene, pero quizás sea el momento de empezar a recordar los versos de Alberti a los que puso música Paco Ibáñez: “a galopar hasta enterrarlos en el mar”. De no empezar ahora a galopar con fuerza, la melodía de nuestra vida se resumirá en adormideras canciones de cuna. Poco más.

Ya lo dice Renaud en la canción que fue elegida la mejor canción francófona de todos los tiempos, “Mistral gagnant”: Hay que amar la vida, aunque el tiempo sea asesino y se lleve con él la risa de las niñas”. 

Que esas niñas se sigan riendo lejos de vertederos, desiertos o bombardeos depende de lo que haga usted AHORA. 

Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 5 de mayo de 2018

INDIGNACCIÓN


En los terribles años cincuenta, el bilbaíno Blas de Otero incluía en su poemario “Pido la paz y la palabra” el texto “En el principio”, tan maravillosamente versionado posteriormente por Paco Ibáñez.

Con una particular métrica, el vasco terminaba ese texto clamando:
“Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria,
Si abrí los labios hasta desgarrármelos,
Me queda la palabra”. 

Sesenta años después, también con una métrica particular, se lanza al mundo un singular mensaje en forma de publicación corta. El escrito parecía un recordatorio del poeta euskaldún de los años 50: aunque no lo creamos, nos sigue quedando la palabra. 

Nacido en 1917 en Berlín, el francés Stéphane Hessel se compromete desde el principio en la lucha contra las nazis. El 13 de junio de 1940, desde Londres, el General De Gaulle llama a luchar contra el régimen de Hitler y el gobierno títere de Vichy hasta la liberación de Francia. El futuro diplomático no lo duda y, junto a su amigo Jean Moulin, francmasón como él, organiza la lucha contra los nazis en suelo galo e ingresa en el Consejo Nacional de la Resistencia (CNR), gobierno francés en el exilio. Será precisamente el CNR, tras la “Libération”, quien por fin otorgue la posibilidad del voto para las mujeres, la seguridad social o las jubilaciones. “Franca Marca” de la casa, dirían algunas.

En Londres, y tras aprobar su licencia como navegador aéreo, ingresa en 1942 en el legendario BCRA, los servicios de “Inteligencia y Acción” de la Francia Libre. La lucha es sin cuartel.

En esa peligrosa batalla, el mítico jefe de la resistencia en Francia, Jean Moulin, es detenido y torturado salvajemente. Muere el 8 de junio de 1943 sin revelar nada, a la altura de Metz, en el tren que lo llevaba hacia un campo de concentración.

Poco meses después, y delatado por una compañera sometida por el dolor de las brutalidades, Hessel es detenido. Salvajemente torturado también, lo trasladan, junto a otro medio centenar de resistentes, a otro campo de la muerte. Todo ese grupo será colgado de un gancho de carnicero como castigo y escarmiento, excepto Hessel y otras dos prisioneras. Logran esquivar la barbarie suplantando la identidad de tres asesinadas anteriormente en la supuesta enfermería de Buchenwald durante los sádicos y mortales ensayos clínicos que se llevaban a cabo.

Tras ser transferido a otro campo de concentración y varios intentos de huida, logra escapar por fin y traspasar las líneas aliadas. Se reincorpora a su unidad hasta la derrota del nazismo.

Tras la “Libération”, ingresa en la carrera diplomática. Elige como destino profesional las Naciones Unidas. Es uno de los corredactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU en 1948 e impulsa decididamente el embrionario proyecto de la Unión Europea.

Pasa por diversos puestos de alta responsabilidad y es el encargado de la cooperación francesa en África, pero sus informes cargados de verdad no siempre son bien acogidos por las gobernantas de turno.

En 1977 es nombrado embajador de Francia en la ONU en Ginebra. Trabaja intensamente en el CNUED (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) y elabora un tratado internacional para la creación de un fondo común para los productos básicos en beneficio de los países pobres. El documento no pasará de la papelera. Lo de siempre.

Humanista convencido y extremadamente preocupado por la deriva neoliberal, apoya en 2009 la lista de “Europa Ecología-Los Verdes”, junto a Daniel Cohn-Bendit, con la esperanza de impulsar un proyecto de “izquierda molesta” que pueda tener un peso específico. En el Parlamento Europeo, Cohn-Bendit cumplirá con ese compromiso.

Pero para él todo es poco. Stéphane Hessel, en 2009 y con 93 años de edad, decide hacer un llamamiento a la juventud para combatir la dictadura de los mercados financieros. Una proclama similar a la que hizo De Gaulle para luchar contra las nazis.

Publica una obra [maestra] de 22 páginas. Utiliza un estilo directo. Nunca cae en los eufemismos descafeinados, ni en el lenguaje de las “politicas” que hacen del servicio a las ciudadanas el supermercado de las poderosas. Ese trabajo escrito acaba considerándose un texto de referencia. Continúa siéndolo.

El antiguo resistente mantiene en su pequeño libro un planteamiento claro.

En primer lugar, información. En segundo lugar, indignación. Y en tercer lugar, reacción. Acaba de nacer “¡Indignaos!”.


“Indignez-vous” vende millones de ejemplares en todo el mundo al precio de 3 euros y es, efectivamente una verdadera llamada a la insurgencia contra la opresión, como aquella del 13 de junio de 1940 desde Londres.
Y en esas estamos.

El viejo diplomático afirma en “¡Indignaos!” que debe recordar que “con ocasión del sesenta aniversario del Programa del antes citado Consejo Nacional de la Resistencia decíamos, nosotras las veteranas de los movimientos de Resistencia y de las fuerzas combatientes de la Franca Libre (1940-1945) que, ciertamente el nazismo fue vencido gracias al sacrificio de nuestros hermanos y nuestras hermanas de la Resistencia y de las naciones unidas contra la barbarie fascista. Pero –agrega Hessel-esta amenaza no ha desaparecido por completo y nuestra cólera contra la injusticia sigue intacta. Por ello –prosigue el corredactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU-llamemos a una verdadera insurrección pacífica contra los mass-media que sólo nos ofrecen como horizonte para nuestra juventud el consumo masivo y de masas, el desprecio de las más débiles y de la cultura, la amnesia generalizada y la competitividad a ultranza del todos contra todos” (sic). ¿De verdad que no le suena?


Quizás usted es de las que opina que no va a hacerle frente a un nuevo tipo de sibilina dictadura a la que nos vemos sometidas. Es posible además que piense que esta lucha está trasnochada y que solo le atañe a perraflautas, yayaflautas y demás antisistemas. De ser así, además de no estar en lo cierto, usted no alcanza ni tan siquiera a ver los grilletes que le encadenan. Pase y lea.

La crisis de 1929 en Wall Street provocó, a su vez, una serie de férreas regulaciones en Estados Unidos (Ley Gass-Steagal de 1933) que impidieron que el sistema financiero se fuese de nuevo a pique y llevase a la ruina a millones de personas, dando prioridad al sistema productivo.

Poco a poco, y desde la era Reagan, las barreras de seguridad se han ido suprimiendo. W. Bush tuvo el dudoso honor de liquidarlas de forma definitiva. Por su parte, el Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, no hizo nada para remediar lo que hicieron sus antecesores. De Trump, ni hablamos. 

Como consecuencia de ello, las grandes corporaciones bancarias ya pueden invertir su dinero en operaciones de riesgo sin tener que pedir autorizaciones, ni acreditar que tienen fondos como respaldo en caso de fiasco. Es decir, todo lo que le exigen a usted para otorgarle una hipoteca, pero al revés. ¿A que ahora ya se va clarificando el tema un poco más?

Pero, además de ponernos a todas en peligro con operaciones que si salen bien solo benefician a quienes intervienen en el sistema financiero, hacen que las ciudadanas paguemos las consecuencias de todos estos desmanes. Las hipotecas subprime norteamericanas, o los rescates a los bancos españoles son buena prueba de ello. Pero, por si fuera poco y para “rematar” la faena, culpan de todo a la ciudadanía (hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, etc.) y afirman que la pobreza de nuestros países es consecuencia de la crisis.

 ¿Cómo se puede afirmar que somos pobres si Europa o los Estados Unidos no han parado de crecer desde el final de la IIGM? Por el contrario, sí se puede (y se debe) decir que el improductivo sistema financiero provoca grandes bolsas de pobreza, con el beneplácito de unas políticas serviles (no todas, lo vuelvo a repetir) que atienden a la voz de su ama y no a las ciudadanas que juran y perjuran defender.

Mientras, los hospitales se quedan sin medios ni personal, la educación tiene cada menos recursos y los servicios públicos (cada vez con menos servicios y cada vez menos públicos) no son ya ni la sombra de lo que fueron. Nos hundimos cada vez más en la precariedad social.

Al mismo tiempo, nuestras jubiladas tienen que ponerse en pie de guerra para reclamar lo que les corresponde y las trabajadoras, a base de reformas laborales, son pura y precaria carne de cañón.

¿De verdad creemos que no hay razones para indignarse? ¿Todavía pensamos que si nos movilizamos nuestra opinión no va a ser tenida en cuenta? 

Pero, como afirma Stéphane Hessel, indignarse ya no va ser suficiente para cambiar el rumbo de las cosas. Ahora, toca llevar a cabo acciones pacíficas y masivas para poder alzar nuestra voz y decir ¡Basta!.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero si no empieza pronto a analizar, indignarse y reaccionar, lo poco que aún le han dejado va a acabar desapareciendo miserablemente.

El tiempo de las esclavas está más cerca de lo que cree. De puta pena.

Sí, Hessel llevó a cabo un nuevo llamamiento del 13 de junio para resistir contra estos renovados ejércitos que nos asoman.


Quizás haya llegado el momento de crear algo nuevo entre todas, algo que supere lo conocido y lo tradicional. Einstein afirmaba que para hacer cosas nuevas no se podían seguir haciendo las mismas cosas de siempre.

Sentencia Stéphane Hessel en “Indignaos” que “Crear es resistir. Resistir es crear”. Ha llegado, pues, la hora de transformar en realidad una voluntad de cambio real  y profundo de la sociedad. Es la hora de la acción. Para ello,  tal y como decía Blas de Otero en sus versos, no podemos olvidarnos de que “nos queda la palabra”. Al menos por ahora. 

Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 28 de abril de 2018

LA ETERNA “KRISTALLNACHT”



Dicen las expertas que un par de generaciones son suficientes para que la memoria lleve a cabo la misión para la que está concebida: olvidar. 

De hecho, cíclicamente, y obviamente a toro pasado, volvemos a condenar las mismas barbaridades que ya se cometieron hace algunos lustros. Pero si nuestra capacidad de recordar siempre flojea, la de quienes nos mantienen bajo la bota sigue estando intacta. Pasen y lean.

Este año se conmemoran los 80 años de una brutal efeméride: la “Noche de los cristales rotos” (“kristallnacht”), una tragedia que a casi nadie le dice ya nada. Y sin embargo…

Todo empezó el 7 de noviembre de 1938 cuando el joven judío polaco de origen alemán, Herschel Feibel Grynszpan, disparó sobre el tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst Vom Rath. El atentado fue, presuntamente, en represalia por la expulsión de la familia de Grynszpan hacia Polonia. El pretexto estaba servido.

Lo que se presentó como un movimiento espontáneo fue, lógicamente, una acción dirigida por la cúpula nazi, en concreto por Goebbels, y ejecutada por las tropas paramilitares de Hitler: las SA junto a las SS y a las Juventudes Hitlerianas. Además, las bestias recibieron el apoyo de la Gestapo, del Sicherheitsdienst (servicio de inteligencia de las SS) y de otras fuerzas policiales. Nada fue dejado al azar. El pogromo contra las judías podía empezar en Alemania, Austria y en la zona de los Sudetes recientemente ocupada por Hitler.

Goebbels culpó al “judaísmo internacional” de todos los males y exigió una respuesta radical, dando así la señal para el inicio de las barbaridades. Durante la noche del 9 al 10 de noviembre (dos días después del atentado), “grupos espontáneos” e “incontrolados” rompieron miles de escaparates de tiendas de judías, saquearon casi trescientas sinagogas, asesinaron a un centenar de judías y humillaron públicamente a miles de ellas. El número de violaciones y de suicidios fue escalofriante. Se procedió a la detención de treinta mil personas y todas fueron transferidas a campos de concentración como Dachau o Buchenwald; hecho que debería ser más que conocido, por cierto.

De lo que se tiene menos conocimiento es de que el propio Reinhard Heydrich, responsable de los antes citados servicios de inteligencia de las SS, cursó unas órdenes estrictas y concretas en las que se decía que las alborotadoras no podían dañar a personas o propiedades alemanas no judías. Tampoco podían aplicar violencia a las extranjeras (aunque fuesen judías) y debían, obligatoriamente, extraer todos los archivos de las sinagogas y demás propiedades de las comunidades judías antes de llevar a cabo los destrozos. Todo el material recopilado iría a los servicios comandados por Heydrich. De manual.

Pero lo que ha estado oculto durante casi ocho décadas, y recientemente desvelado por el historiador y periodista de Düsseldorf Armin Fuhrer, es que la chispa que todo lo provocó fue un montaje y un asesinato deliberado del propio Hitler. Von Ribentropp, ministro de Asuntos Exteriores, tenía redactado un telegrama para la familia del diplomático alemán en el que se aseguraba que la pronta recuperación era evidente. Entre ese telegrama y el de condolencia por el fallecimiento, Hitler envío a su médico personal para cuidar en exclusiva del herido. Las órdenes eran concretas y el tercer secretario de la embajada alemana debía ser un mártir. 

El día de la muerte de Vom Rath coincidió, curiosamente, con otra efeméride: la del fallido golpe de estado que Hitler pretendía llevar a cabo desde Munich. La cuadratura del círculo.

Por su parte, el asesino fue encarcelado en Francia y entregado a los nazis tras la ocupación. Lejos de ser ajusticiado públicamente, fue transferido al campo de concentración de Sachsenhausen donde tuvo un tratamiento privilegiado. Ahora, las conclusiones son suyas.

Lo que empezó por la rotura de escaparates terminó en la “solución final” y en el holocausto de los campos de exterminio. Y en esas estamos. 

Resulta evidente que está todo inventado, o casi. El repunte del antisemitismo también, aunque la amnesia nos haya corroído las neuronas hasta borrar las lecciones de historia más elementales. 

Pero al margen de la evidente tendencia que miserablemente flota en el ambiente reclamando una nueva shoah (los atentados y asesinatos en Francia, entre otros países, contra judías así lo atestiguan), esta vez el ataque es mucho más global, más sutil, más letal, más definitivo.

Ya no se trata de romper salvajemente los cristales de las tiendas judías. Ahora la táctica de las Goebbels de turno consiste en hacer añicos todo aquello que puede ampararnos o formarnos como ciudadanas y, al mismo tiempo, anular nuestra capacidad analítica. La primera regla del autoritarismo dogmático siempre es suprimir el librepensamiento. Básico.

Por ello, se destroza la educación pública y se destierra todo lo que sea susceptible de encaminarnos hacia el pensamiento crítico. Al mismo tiempo, se protege, beneficia, subvenciona y alienta una educación privada en la que, si no lo remediamos, solo podrán estudiar las que tengan medios. De hecho, las medidas neoliberales del Gobierno actual así lo indican: la educación concertada supera las cifras de inversión pública de antes de la crisis, mientras que la educación pública recibe 6500 millones de euros menos que en el periodo precrisis. Caminamos irremediablemente hacia los guetos educativos, y quizás ni siquiera seamos conscientes de ello. ¿Nadie se pregunta por qué?

¿Son exageraciones vitriólicas? Compruebe el estado de la educación en los Estados Unidos tras la aplicación de la Doctrina del Shock y lo verá todo mucho más claro.

Pero no van a ser solo los cristales de las escuelas los que van a volar en mil pedazos. La sanidad es otra de las dianas. Todas hemos comprobado, una y otra vez –y sin apenas protestar, por cierto-, las deficiencias de un sistema sanitario público en el que excelentes profesionales están aplastadas por una presión asistencial increíble, unas kilométricas listas de espera y una falta de medios evidente. Mientras, las compañías privadas se hacen de oro. ¿Alguien es capaz de justificarlo sin sonrojarse?

¿Cree que los escaparates terminan aquí? Desgraciadamente, no.

Los sindicatos policiales y las asociaciones de la Guardia Civil cifran el déficit de personal en setenta y cinco mil personas. Este número contrasta con los veintiún mil que considera Moncloa. Para decirlo aún más claro y por si hubiese dudas: la seguridad del Estado, la pública, la que nos protege y nos sirve a usted y a mí, tiene una merma de 75.000 personas en sus filas. Brutal y lamentable.

La política de seguridad se limita a apariciones estelares del ministro de turno. La realidad es que frente a la demolición deliberada de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, solo queda el buen hacer de las profesionales que integran ambos cuerpos, dejándose la piel en su trabajo a pesar de las incompetentes instancias superiores que dictan las órdenes. Claro que si le da igual que una patrulla de la Benemérita tarde una hora en llegar a su destino por la falta de guardias, o que muchos servicios clave de investigación de la Policía estén bajo mínimos, considérese entonces feliz y aquí no ha pasado nada. Porque, eso sí, de protestar ni hablamos. De pena o de vergüenza, o ambas cosas a la vez. Claro que, en consonancia con la anestesia generalizada que padecemos, tampoco vemos a muchas políticas de la oposición denunciando unas circunstancias absolutamente negativas que también nos afectan a todas. Más pena y más vergüenza aún.

No se lleve a engaños, todo esto es solo una pequeña muestra. Objetivos no faltan. Cristales por rompernos, tampoco.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero en el hipotético caso de que su ideal no sea vivir en una eterna “kristallnacht”, más vale empezar ya a reaccionar si no queremos que nuestra sociedad se divida en dos bandos: el de las que lo tienen todo, y el de las que nada tienen.

Obviamente, siempre puede seguir pensando que esto no va con usted, que son cuentos sin sentido para asustar a niñas e incautas y que lo del par de generaciones es una chorrada. Está claro que lo peor de la esclavitud es que una misma se forje propias cadenas. Nada más que añadir, Señoría.

Agentes comprometidos con el Humanismo... 


sábado, 21 de abril de 2018

NIVEL “I.N.E.S. 7”



Los principales periódicos españoles dedicaban sus portadas ese sábado de abril de 1986 a la enésima matanza de las criminales. En esa ocasión, cinco guardias civiles que ejercían la vigilancia en torno a la embajada de los Estados Unidos eran asesinados mediante un coche bomba. 

Se informaba de que las multinacionales del petróleo habían terminado con el monopolio de las gasolineras en España, mientras que los diarios deportivos se centraban en la final de la Copa del Rey entre el Real Zaragoza y el Barcelona.

Ese 26 de abril, lo de menos fue que el solitario gol conseguido por el uruguayo Rubén Sosa sirviera para que el preciado trofeo fuese a parar a las vitrinas de la Romareda. 

Ese día el mundo se jugaba su existencia en unas instalaciones nucleares situadas a tres kilómetros de la ciudad ucraniana de Prípiat, y a unos veinticinco kilómetros de la triste y mundialmente conocida Chernóbil. 

La “Central eléctrica nuclear memorial Vladimir Ilich Lenin” sufrió un brutal accidente, solo comparable al que acaecería 25 años más tarde en la central nuclear japonesa de Fukushima. 

Las causas del accidente fueron unas pruebas que las técnicas de la central llevaron a cabo bajo la batuta de unas especialistas que se encontraban en Moscú (Ucrania formaba entonces parte de la extinta URSS). Las citadas pruebas estaban destinadas a medir la capacidad de la central para trabajar en condiciones límite.

Según las especialistas consultadas, el terror a contradecir las órdenes dictadas desde la capital del imperio soviético, junto con una nefasta manipulación de la instrumentación, provocaron el letal sobrecalentamiento del reactor. Por si fuera poco, para poder llevar a cabo la prueba hasta el final se procedió a la desconexión de todos los sistemas de seguridad. Ningún automatismo de salvaguarda que hubiese podido evitar la catástrofe estaba activado, quedando todo en manos de quienes estaban presentes en la central. El problema residía en que de las 170 barras que servían para absorber neutrones y terminar de inmediato con la reacción nuclear, se dejaron únicamente 8 en actividad cuando lo mínimo exigible eran 30. Estaban armando a conciencia una extraordinaria bomba de relojería  de escala planetaria.

Cuando se dieron cuenta de que la temperatura registrada en el seno del reactor pulverizaba todos los límites permitidos, intentaron manualmente volver a insertar las barras de control que anteriormente habían extraído. 
Ya era tarde. 

La brutalidad de calorías generada había deformado inexorablemente cualquier mecanismo que hubiese podido revertir la situación.

El paso final fue que el combustible nuclear se desintegrara entrando en contacto con el agua empleada para refrigerar el núcleo del reactor. 

A las 01:23 se produjo una gran explosión. Escasos segundos después, el apocalipsis. La segunda explosión hizo volar por los aires la losa del reactor y las enormes paredes de hormigón armado que lo protegían. Se estima que esa explosión liberó un material radioactivo 200 veces superior a las bombas que se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial. Una bestialidad.

Hasta el 9 de mayo siguiente no se logró apagar el incendio. Y luego, el paisaje lunar.

Cientos de miles de personas hubieron de ser desplazadas, aunque mucho más tarde de lo aconsejable porque la Unión Soviética quería minimizar los daños de cara a la opinión pública internacional.

Atrás dejaron miles de hectáreas de campo yermo para los siglos venideros.

Fuentes oficiales afirman que habrían fallecido unas cinco mil personas solo entre las llamadas liquidadoras (personal castrense, bomberas, personal especializado y operarias de limpieza) en distintos periodos. Sin embargo, las estimaciones apuntan a que fueron 200.000 personas las fallecidas por este motivo en Rusia, Bielorrusia y Ucrania. Terrible.

Además, según publicó Greenpeace, un informe del Centro Independiente de Evaluación Ambiental de la Academia Rusa de la Ciencia, basándose en datos estadísticos del Centro Nacional de Estadísticas sobre el cáncer de Bielorrusia (país cercano a Chernóbil) y Ucrania preveían que se produjeran unos 270.000 cánceres en todo el mundo (93.000 de ellos mortales) debido a la explosión de la central nuclear.

Entre los años 1990 y 2000 se documentó un aumento del 40% en todos los tipos de cáncer en Bielorrusia, y de un 52% en la región altamente contaminada más cercana a la zona de riesgo.

Evidentemente, una extensa zona alrededor de la central sigue estando clausurada, todo ello sin mencionar que la nube radioactiva afectó a más de dos mil millones de personas. Lejos de estar terminada, esta pesadilla y su basura mortal, perdurarán durante miles de años. 

Tan grave fue la situación que el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) se vio obligado a catalogar este hecho como “accidente mayor” decretando el “Nivel 7” de la Escala Internacional de Eventos Nucleares (INES, en inglés), la más alta de las alertas. Y en esas estamos. 

Las sucesivas explosiones nucleares de tipo social se han ido sucediendo sin que apenas hayamos tenido la capacidad, el arresto o el reflejo de reaccionar. Sin embargo, la situación es más que merecedora de decretar también el “I.N.E.S. 7”.

La contaminación que provoca el capitalismo salvaje ha hecho cuerpo con nuestra piel, con todo el tejido neuronal y, lo que resulta aún más penoso, con nuestra visión de abordar las cosas.

La radiación ideológica a la que estamos brutalmente expuestas es tan intensa, tan prolongada y está calándonos tan hondo que está destruyendo hasta el más mínimo atisbo de reacción frente a la barbarie. 

Esta invisible explosión está anulando nuestra capacidad de pensamiento crítico y nuestra voluntad de oposición a cualquier injusticia, por muy flagrante que sea. Signo inequívoco de nuestra lobotomización y de que vamos camino de una sociedad mezcla del “1984” de Orwell y de “Un mundo feliz” de Huxley, es que, a pesar de los reiterados avisos de los contadores Geiger del autoritarismo, no presentamos ninguna oposición. Chomsky y José Luis Sampedro solo sirven para ilustrar publicaciones de Facebook.

Claro que poco enfrentamiento podemos plantear cuando contemplamos en los telediarios con castrada pasividad y sin apenas pestañear, a la hora de los macarrones y del puchero, cómo revientan millones de seres humanos en guerras y en hambrunas. La visión de seres humanos como usted o yo, como su hija o la mía, enterradas en los bombardeados escombros de unas ruinas que tenían por casa, no nos provoca ni el más mínimo escalofrío con el pretexto de que están demasiado lejos. El cinismo llega a adoptar variados argumentarios para salvaguardar la buena conciencia. 

En esa misma autopista del desprecio al concepto de Fraternidad, ver en televisión los cuerpos muertos de no comer ya ni siquiera nos conmueve. El ser humano está perdiendo precisamente su condiciónhumana… Estamos perdiéndola, quería decir.

Así, resulta ya imposible no pensar que la contaminación esparcida por las que mandan está surtiendo efecto.

Nos están asesinando a cámara lenta, y no solo nos estamos dejando miserablemente hacer, sino que permitimos que nuestras hijas tengan el mismo lamentable destino. Imperdonable.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero a medida que todo se va irradiando, vamos alejando el librepensamiento de nuestras mentes y nos encuevamos en los dogmas que nos han diseñado ex profeso para que no nos salgamos del redil.

Parafraseando al filósofo podríamos decir que “ellas contaminan hoy porque tú lo permites”.

Quizás algún día, tras una fuerte ducha de descontaminación, se dé cuenta de que cualquier mujer de cualquier parte del mundo tiene dos pulmones, un corazón, un cerebro, dos ojos… igual que usted o yo, igual que su hija o la mía. Entonces, y solo entonces, podrá entender a Albert Camus cuando gritaba que “cada vez que una mujer es encadenada, nosotras estamos encadenadas a ella. La Libertad debe ser para todas o para nadie”. Mientras no nos decidamos a desactivar el “I.N.E.S. 7”, nos tocará padecer irremediablemente el invierno nuclear. 
Nada más que añadir, Señoría.