viernes, 16 de febrero de 2018

ÉTER 2.0



Los anales de medicina aseguran que tres mil años antes de Cristo los asirios ya dominaban una técnica -ciertamente peligrosa- que consistía en comprimir la carótida del paciente al nivel del cuello. Ese aplastamiento de la arteria provocaba una isquemia cerebral que, a su vez, sumía a la persona en un estado comatoso que se aprovechaba para llevar a cabo la cirugía correspondiente. Premonitorio.

Algunos miles de años más tarde (700 a.C.) se tiene constancia de que en Perú se hacía masticar coca con alcalinos para realizar extracciones de piezas dentales. Dormir la boca, el objetivo.

Hipócrates (460-377 a.C.) fue el primero en emplear una mezcla de opio con otras sustancias para adormecer a la paciente. A este método se le conocía como “esponja soporífera”. Denominación con recorrido.

Sin embargo, hay que viajar hasta el año 50 para encontrar la primera literatura en torno a la descripción de la anestesia tal y como la conocemos ahora. A cargo del médico griego Dioscórides, los textos describían por primera vez el concepto de anestesia. Desde entonces, no se ha parado de utilizar.

En 1665 se produce otro importante avance. El médico y naturalista alemán Johann Sigismund Elsholtz inyectó una solución de opio para eliminar temporalmente el dolor. Se había logrado camuflar el sufrimiento.

Casi 200 años después, en 1842, la anestesia por fin lograba hacerse un sitio “oficial” en la medicina. Ese año, el médico y farmacéutico estadounidense, Crawford W. Long, utilizó éter para dormir a un paciente y posibilitar la extirpación de varias formaciones quísticas en la cabeza.  Lo imposible ya era realidad.

A partir de ese momento, la progresión fue brutalmente exponencial hasta llegar a nuestros días. A pesar de que se sigue investigando, hoy podemos contar, gracias a unas excelentes profesionales, con unas anestesias seguras, eficaces y hasta microlocalizadas si así lo aconseja la cirugía.

Un avance increíble a la hora de insensibilizarnos frente a un proceso irremediablemente doloroso. Y en esas estamos.

Lo que en el campo médico debe ser saludado, aplaudido y potenciado, se transforma, en el área de lo social, en una pesadilla advertida de forma premonitoria a mediados del siglo pasado por las lúcidas mentes de Georges Orwell, Aldous Huxley, Camilo Berneri o Albert Camus, entre otras.
¿Burda teoría de la conspiración? Pasen y lean…

La doctrina del shock aplicada desde las más altas instancias (recomendamos, una vez más, la lectura de la obra del mismo nombre de la periodista canadiense Naomi Klein) ha provocado en todas nosotras una actitud absolutamente contra natura con respecto a lo que estamos padeciendo. La aplicación del paralizante miedo como eficaz método de letargo y narcosis está surtiendo efecto. Algunas le aplican los sinónimos de nueva no-intervención o posición acomodaticia. Las demás nos apuntamos al confortable no nos afecta. Sea como fuere, el perverso mecanismo funciona, y a las evidencias hay que remitirse, a pesar de que la corrupción sea -según el barómetro del CIS- la segunda preocupación de las españolas, siendo el paro la primera; incomprensiblemente, no nos sentimos parte afectada.

La corrupción político-empresarial mueve cantidades colosales sin que nadie parezca inmutarse, más allá de magníficas conversaciones de barra de bar, de heroicos posts en Facebook o incendiarios tuits. Pero poco más. De hecho, los partidos gangrenados por la corrupción siguen siendo los más votados. ¿Increíble? Verifique todos los mapas electorales y lo comprobará.

Las cifras marean. Según la nada sospechosa de antisistema Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), la corrupción nos cuesta alrededor de 90.000 millones de euros al año, o dicho de otra forma, el 4,5% del PIB. Voy a reescribir el dato por si a alguna no le ha quedado claro: las prácticas corruptas nos cuestan a las españolas cerca de noventa mil millones de euros al año. Aportada por el “organismo público que promueve y defiende el buen funcionamiento de todos los mercados en interés de los consumidores y empresas” (definición tomada de la página web de la CNMC), la cantidad robada es tan estratosférica que necesita ser llevada a un lenguaje más terrenal. Según un estudio hecho público, lo que nos roban vía corrupción es cuarenta y cinco veces superior al coste de todos los sistemas sanitarios públicos españoles. Más indicadores. Con los números de la CNMC, Andalucía podría vivir “gratis” tres años y la Comunidad de Madrid también podría estar exonerada de impuestos durante cuatro años.

Sin embargo, la nada más absoluta se instala en nosotras en cuanto a reacción se refiere. Ni la más mínima protesta, ni un atisbo de reprobación, ni una sombra de disconformidad. O tenemos la firme convicción de que el dinero que se roba no es nuestro, o nos hemos tragado integralmente que la corrupción es algo consustancial a nuestro país, como si el gen de robar nos viniese de serie en el ADN. De locas. Tampoco nos podemos olvidar del falso axioma de que todas las políticas roban y que más vale mala conocida que choriza por conocer. Todas parecen funcionar. Demencial.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene, pero seguir aceptando sin pestañear este verdadero atraco a mano armada mientras que los recortes nos hunden en la infame miseria es del todo incomprensible. Llegadas a este punto, no nos queda más remedio que admitir que la anestesia es mucho más que una técnica médica insuficientemente valorada que posibilita que todas las intervenciones  quirúrgicas estén exentas de dolor.

Deberíamos ir admitiendo que la anestesia social que nos están inyectando en el córtex cerebral mantiene nuestros cerebros amorfos.

Deberíamos ir admitiendo que el gas hilarante que absorben nuestras neuronas está inutilizando nuestra capacidad de indignarnos antes las realidades más asquerosas.

Deberíamos ir admitiendo por qué las que tanto defienden la libertad de mercado son las primeras en intervenirlo con sus reglas amañadas y sus dados trucados sin que a nosotras nunca se nos ocurra cuestionarlo.

Deberíamos ir admitiendo, finalmente, que cuanto más avanza el tiempo y más fuertes se hacen las corruptas en sus tronos de privilegios, más difícil resulta erradicar estas conductas mafiosas.

Una cosa parece clara: una vez demostrada la extrema eficacia de este éter 2.0, el siguiente paso será subir la dosis para que nos traguemos que, en el fondo, los campos de concentración no son tan malas opciones como se desgañitan algunas en advertirnos.


Eso sí, franqueada esa frontera, las actuales cadenas le parecerán toda una bendición. Nada más que añadir, Señoría.

sábado, 10 de febrero de 2018

LA "OTRA" YERSINIA PESTIS



Dicen las historiadoras que se inició en Asia central en torno al año 1320, concretamente en el desierto de Gobi, en Mongolia. Allí, para protegerse del frío, los guerreros se vestían con las pieles de los animales que mataban. Hubiese sido el mejor remedio contra la congelación si no hubiesen cobijado a unos insectos portadores de un terrible mal. ¿Cómo? ¿Por qué?

La bacteria Yersinia Pestis se multiplica en el esófago de la pulga produciendo el bloqueo del sistema digestivo, algo que provoca que pique en reiteradas ocasiones al mamífero más cercano intentando alimentarse. En cada ocasión, y durante cinco días –vida media del insecto infectado- la pulga regurgita las bacterias infectantes en la herida de la picadura, penetrando la enfermedad en los vasos sanguíneos y linfáticos. Así se disemina la peste.

Tras diversas catástrofes naturales, la plaga llegó a China y a la India en 1342. A lomos de las ratas que infestaban los barcos que cubrían la rutas comerciales, la peste llegó a Europa en 1346, concretamente al puerto siciliano de Mesina. Después, todo fue horror y muerte.

Llamada peste negra porque produce enormes hemorragias que parecen teñir de negro la piel -también se la conoce como peste bubónica- esta epidemia acabó, según algunas especialistas, hasta con el 60% de la población europea. En una época en que la higiene y la correcta alimentación eran meras quimeras, la muerte tenía ante sí un campo abonado para diezmar a la humanidad.

Evidentemente, muy pronto se buscó a las chivas expiatorias para tamaño apocalipsis. El propio Papa Clemente VI proclamaba desde Avignon que todo aquello era “la pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes”. Como siempre, muy científico todo. Las judías, como mandan los cánones, acabaron en la hoguera culpables de envenenar los pozos. La masacre de judías llegó a tal punto que el antes citado Papa Clemente, afirmó que los seguidores de Yahvé nada tenían que ver con la muerte negra. Eso no impidió que, sólo en Estrasburgo, se quemase vivas a dos mil judías. En algunas partes se pensó que los pájaros diseminaban la peste, tanto que las médicas idearon unos trajes negros con las características máscaras en forma de pico en las que se alojaban hierbas aromáticas. Unas poblaciones se dedicaron con frenesí al libertinaje, mientras que otras pasaron el resto de sus vidas rezando o llegando a peregrinar durante años (33 años y medio, la edad de Cristo cuando fue crucificado) para expiar los pecados. Se llegó incluso a deducir que el mal de ojo era el verdadero culpable de tan brutal hecatombe.

Todo era válido menos atajar el verdadero problema. Y en esas estamos.

Hoy, cuando los casos de corrupción nos asolan, cuando los millones (NUESTROS millones) pasan de mano en mano a cambio de obras y favores, cuando la existencia de paraísos fiscales es objeto de cualquier conversación, cuando las políticas (no todas, lo vuelvo a reiterar) caen engrilletadas con las manos en las sacas, continuamos confiando en quienes nos atracan.

Desde el “mirar para otro lado”, pasando por el “todas lo hacen” o aceptar que nos digan “ese tema está amortizado”, todo es válido para ignorar la realidad, eludiendo así exigir responsabilidades. Preferimos asistir a los casos de corrupción como las vacas que ven pasar el tren en lugar de actuar con contundencia. La corrupción está tan incrustada en el modus vivendi de algunas de las que mandan (me niego tajantemente a generalizar) que ya ni siquiera tiene carácter de noticia relevante. Llegadas a este punto, bueno será recordar, por si acaso, que corromper es un verbo que lamentablemente se conjuga tanto en democracia como en dictadura, o incluso más si cabe en el segundo caso, no siendo España una triste excepción. Ni mucho menos.

El caso es que, contrariamente a lo que sucedía en el final del Medievo, tenemos perfectamente localizado el origen de la plaga que nos está diezmando. Hora es, pues, de ser consecuentes y dejar de pensar -como están intentando inculcarnos- que la corrupción es algo consustancial a la res pública o, peor aún, que todas somos unas corruptas en potencia. Pero resulta cuando menos paradójico que las que defienden la libertad de mercado como el nuevo santo Grial son las mismas que hacen transitar el dinero para conseguir tal o cual mercado. Tanto asco procuran las que corrompen como las que, sin vergüenza alguna, alquilan su parcela de responsabilidad a cambio de prebendas.   

Por tanto, ya no se trata de ideologías, se trata de decencia. Ya no de trata de colores, se trata de dignidad. Ya no se trata de partidos, se trata de que no sigan secuestrando nuestra voluntad a base de sobres color sepia repletos de billetes.

Hora es, pues, de decir basta, de rechazar a las que aceptan ser compradas y de forzar a los partidos a que las excluyan de por vida. Si no es así, esas formaciones políticas (sean las que sean) no nos sirven, porque: ¿qué seguridad nos pueden merecer quienes se venden a la más mínima oportunidad, traicionando sin remordimiento la confianza que en ellas depositamos un día de elecciones?

Como siempre, usted sabrá lo que más le conviene, pero bueno será recordar que, en 1649, la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla pasó de ser “la nueva Roma” a transformarse en la más absoluta nada tras la gran epidemia de peste negra. Todo un signo que la historia se empeña en recordarnos.

Ya lo clamaba Albert Camus en una cita del autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe, que introducía su obra “La Peste”: “Tan razonable es representar un encarcelamiento de cualquier tipo por otro, como representar cualquier cosa que existe realmente por algo que no existe”. Cierto es que, hoy en día, la enterobacteria Yersinia Pestis, al margen de casos muy aislados que se tratan satisfactoriamente con fármacos, sólo es pasto de wikipedias varias y de legajos apilados en el sevillano Archivo General de Indias. Sin embargo, la otra Yersinia Pestis adquiere cada vez más virulencia, llegando a límites insospechados y que desgraciadamente aún están por descubrir.

Aunque resulte del todo evidente que nosotras, y sólo nosotras, seamos las únicas vacunas posibles, nos comportamos como si viviésemos en plena Edad Media y la plaga no tuviese remedio alguno. Mientras, las listas del lugar nos siguen atracando a maletines llenos. De puta pena. Nada más que añadir, Señoría.


sábado, 3 de febrero de 2018

"DORMEZ, TOUT TREMBLE..." (DORMID, TODO TIEMBLA)



Dicen que las nanas tienen un poder mágico sobre las bebesas… y probablemente sobre quienes las cantan.

Cuentan las especialistas que se han encontrado canciones de cuna de origen babilónico y asirio, pero desde la poesía de Borges por bulerías, pasando por Mozart o Brahms, hasta las adaptaciones más originales hechas sobre la marcha, todas tienen la misma función: inducir al sueño. Buena prueba de que el sistema funciona es que es el más utilizado en el mundo, desde África hasta Oriente Medio, desde Europa hasta América pasando por Asia y Oceanía. Una cosa queda clara: las canciones de cuna activan unos mecanismos que permiten que la recién nacida encuentre rápidamente el sueño.

El cantante francés Julien Clerc, compositor de la música de sus canciones, empezó a obtener un notable éxito en su carrera cuando, poco antes de que se desencadenase el mayo francés del 68, se encontró con el ya fallecido anarcosindicalista español Étienne Roda Gil (a su vez, hijo de anarquistas refugiados en Francia). Roda Gil escribiría al intérprete de “Útil”, “Amazona” o “Molestar a las piedras” los temas más mágicos del panorama musical francés.

Pero en 2008 afirmó tener la imperiosa necesidad de cantar una nana. Con 60 años acababa de ser nuevamente padre. Para el texto, Clerc buscó a otro grande de la canción francesa, su amigo Maxime Le Forestier, quien en menos de veinte minutos escribió la letra de “Dormez” (dormid).  [Enlace de la canción y traducción al final]

Esta canción de cuna, que sigue siendo un exitazo en el mundo francófono, estaba destinada en principio a dormir a su hijo Leonard, demostrando una vez más que las nanas son la mejor manera de dormirnos plácidamente, pase lo que pase, más allá de las notas que dulcemente nos ronronean. Y en estas seguimos.

El presidente de la República Francesa y líder de la formación “En Marche”, Emmanuel Macron, acaba de lanzar una propuesta que está haciendo las delicias de los sectores más neoliberales de la economía. Envuelto en unas hábiles operaciones de comunicación en las que ha vendido el resurgir de “la grandeur” de Francia y la emergencia de la figura de un nuevo líder carismático mundial, Macron  se ha ido acercando a los postulados de una dirigente de la derecha pura y tradicionalista en lo económico y en lo social.

El que fuera persona de extrema confianza del ex presidente socialista François Hollande (empezó como redactor de sus discursos económicos en campaña hasta llegar a ser ministro de Economía, Recuperación Productiva y Asuntos Digitales) ha anunciado que va a poner en marcha un plan para la supresión de  120.000 puestos de funcionarias. Tal cual.

La medida, que estaría basada, en principio, en incentivar el abandono voluntario de la función pública, es argumentada desde el Elyseo de la siguiente manera: reflexionar sobre el papel del Estado y de la esfera pública, repensar los gastos del Estado, ganar eficacia, mejorar el servicio a las ciudadanas, acabar con el déficit, permitir más contratos temporales en el ámbito funcionarial y basar las retribuciones en los resultados. Nada más y nada menos.

Por ahora los sectores de la Administración afectados serían la sanidad, el área sociosanitaria y las administraciones penitenciarias. Es decir, todo aquello susceptible de ser privatizado a corto plazo. Ni Trump y sus consejeras ultraconservadoras lo hubiesen planteado mejor.

Macron pretende dibujar un horizonte puramente basado en las teorías de Milton Friedman y su teoría del shock. Todo lo que pueda dar beneficios debe pasar drásticamente al ámbito de lo privado. Si después la mayoría de las ciudadanas no tienen medios para pagar tal o cual tratamiento en un hospital privado, “pues haber ahorrado” como diría nuestra Celia Villalobos patria. Si las residencias de mayores están saturadas y debe pagar lo que no tiene en una privada, mejor no se jubile. Lo de las prisiones es la misma historia, pero con un componente aún más perverso. Al transformarse la gestión en privada, las presas serán una mera mercancía que podrá ser explotada en un submercado negro del trabajo. Para hacerlo corto: lo que se suele ver en los telefilms de Antena 3, pero con carta de naturaleza.

Usted, como siempre, sabrá lo que más le conviene. Sin embargo, considerar las iniciativas del nuevo capitán francés de la nave europea sólo como singulares ocurrencias del vecino galo, es algo tremendamente peligroso. Si estas propuestas ya resultan tan brutalmente escandalosas como inaceptables, ¿cuál será el siguiente paso? ¿Privatizar la policía, el Ejército, los bomberos, la Educación o las ayudas al desempleo? Quizás no se dé cuenta, pero a poco que mire con un poco de atención, se dará cuenta de lo cerca que estamos de todo este panorama orweliano.

Sí, las canciones de cuna son la mejor herramienta para dormirnos plácidamente mientras todo se viene abajo.

Como dice la mágica canción de Julien Clerc: “Había un pequeño navío que no sabía nada de estrellas, había un pequeño almirante que no veía cómo el viento crecía. Dormid, dormid, dormid… todo tiembla, y soñáis”.

¿Cuánto tiempo piensa seguir esperando a que la solución a tantos atropellos venga de las que, machaconamente, le prometen el cielo pero que invariablemente le entregan las catacumbas?

En fin, usted sabrá si prefiere despertar o seguir soñando con las cadenas aprisionándola de pies y manos. Nada más que añadir, Señoría.



DORMEZ (Dormid)

Vestido con un rayo de sol
Que un algodón blanco, por momentos vela
Como un pincel sobre el lienzo
Sólo con el aire ya le hace estremecerse

Había un pequeño navío
Que no sabía nada de estrellas
Había un pequeño almirante
Que no veía cómo el viento venía

Dormid, dormid, dormid
Todo tiembla, y soñáis

Es el fin de un día de verano
En el incendio, el sol se va
Le va a dejar inmerso en el color negro
Y el color negro, hace crecer

Había un pequeño navío
Que no sabía nada de estrellas
Había un pequeño almirante
Que no veía cómo el viento crecía

Dormid, dormid, dormid
Todo tiembla, y soñáis

Había un pequeño navío
Que no sabía nada de estrellas
Había un pequeño almirante
Que no veía cómo el viento venía